viernes, 14 de junio de 2013

El que calla no siempre otorga...

En la medida en que uno se preocupa por lo que otros puedan pensar de uno, automáticamente se convierte en su prisionero. Es muy sano estar abierto a la retroalimentación constructiva, pero los que se consideran tus enemigos no quieren retroalimentarte, quieren destruirte, por ello discutir con ellos es inútil. Su lucha dualística no es en contra de la mentira y a favor de la verdad, sino en contra de cualquier cosa que pueda ser una amenaza para la frágil seguridad de su ego, proporcionada por un sistema de creencias. 

Un autor anónimo dijo la siguiente frase: “El que calla no siempre otorga, es que no quiere discutir con idiotas”. Eso es muy cierto ¿Qué tipo de beneficio podrás encontrar en discutir con alguien que es prisionero de un sistema de creencias y que cree que posee la única verdad de esta tierra? Lo único que ganarás es perder tiempo y energía preciosos que puedes invertir en cosas más importantes.

Sin embargo, nunca hay que olvidar que la esencia de esa persona que discute es Dios, el Ser puro y perfecto. Así que puedes poner la atención en tu respiración y luego entrar en contacto con el Ser del otro. Es el ego quien discute y busca destruirte, pero recuerda, lo que es real en ti no puede ser dañado, así que si reaccionas ante el agravio del otro, es porque todavía estás identificado con tu ego, él es el único que se ofende. Por lo tanto, suéltalos y deja que sigan discutiendo, déjalos que hablen solos.

Beneficios y peligros de la religión

Anthony de Mello, siendo un sacerdote católico, expuso el peligro de la religión, que estriba en que lleva a las personas a quedarse atadas en el nivel de los rituales y las normas sin pasar al conocimiento directo de Dios. El problema no está en los Maestros como Buda, Jesús, Lao Tsé o muchos otros que enseñaron a los hombres a ser libres. El problema está en los “lobos rapaces” que convirtieron sus enseñanzas en doctrinas muertas creadas para controlar a las masas.

Pero Anthony demostró, que estando en el seno de una religión organizada como la católica, era posible lograr la iluminación. Sin embargo, ello le haría ganar poderosos enemigos y críticos en el seno de esta iglesia y de las iglesias cristianas en general. El ego no resiste ver brillar la luz del Ser en otro, por eso lo persigue tratando de destruirlo, pero lo que es Real no puede ser amenazado, por ello el iluminado sigue de largo dejando que los egos se enfrenten contra su propia sombra.

En todas las religiones hay gente buena y maravillosa que actúa de acuerdo al llamado de su corazón y practican la esencia de la espiritualidad: San Francisco de Asís, Santa Teresa de Ávila y millones más entre conocidos y desconocidos son testimonio viviente de ello. Pero, desafortunadamente lo que daña la religión es el fanatismo, que parte de creer que se tiene la única verdad –como si la verdad fuese algo que se pudiera controlar-, esto es una enfermedad mental que hace mucho daño a la humanidad. Aunque a veces puede ser divertido escucharlos, las mentes fanáticas pueden llegar a ser muy peligrosas, especialmente para ellas mismas.

Quiero compartir aquí algunas anotaciones de Anthony en su libro “Un minuto para el absurdo”. El libro está escrito en forma de historias basadas en un maestro imaginario que no es otra cosa que un símbolo del Ser. He aquí algunas historias divertidas del viejo Tony:


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Un día, el Maestro dio una conferencia sobre El peligro de la religión, en la que, entre otras cosas, afirmó que las personas religiosas emplean con demasiada facilidad a Dios para encubrir su propia pequeñez y egoísmo. Aquello provocó una enérgica réplica por parte de un centenar de dirigentes religiosos, que escribieron sendos artículos, con los que hicieron un libro, para refutar las palabras del Maestro. Cuando éste vio el libro, se sonrió y dijo: «Si lo que he dicho no es cierto, habría bastado con un solo artículo».

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«Ardo en deseos de encontrar algún tipo de fundamento sólido, de base firme, para mi vida. . .» «Míralo de esta manera», dijo el Maestro: « ¿Cuál es el fundamento sólido de la migración de las aves de un continente a otro? ¿O cuál es la base firme del flujo de los peces hacia el mar a través de los ríos?»

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Alguien preguntó al Maestro por qué se mostraba tan receloso respecto de la religión. ¿Acaso no era la religión lo mejor que tenía la humanidad? La respuesta del Maestro fue un tanto enigmática: «Lo mejor y lo peor: he ahí lo que se obtiene de la religión». « ¿Por qué lo peor'?» «Porque la mayoría de las personas saben la suficiente religión como para odiar, pero no la suficiente como para amar».

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Al igual que hiciera Jesús muchos siglos antes que él, el Maestro prevenía a la gente contra la religión, porque, si no se anda con cuidado, tiene el peligro de santificar la observancia ciega de la ley. Y él lo ilustraba del siguiente modo: Un oficial del ejército preguntó a unos reclutas por qué se empleaba la madera de nogal para fabricar las culatas de los rifles. «Porque tiene mayor resistencia», dijo uno. « iFalso!» «Porque tiene mayor elasticidad», dijo otro. « ¡Falso! » «Porque tiene más brillo que otras maderas. . .», aventuró un tercero. « ¡No seáis estúpidos!», dijo el oficial. « ¡Se emplea madera de nogal, porque así está estipulado en las Ordenanzas!»

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El Maestro se había propuesto destruir sistemáticamente toda doctrina, toda creencia y toda noción de la divinidad, porque estas cosas, originariamente pensadas para servir de puntos de referencia, se estaban tomando como auténticas descripciones. Y le gustaba citar el dicho oriental: «Cuando el sabio señala con el dedo a la luna, lo único que ve el idiota es el dedo».

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El Maestro no discutía con nadie, porque sabía que lo que el «discutidor» buscaba era la confirmación de sus creencias, no la Verdad. Y en cierta ocasión mostró del siguiente modo el valor que tiene una discusión: «Cuando cae al suelo una rebanada de pan, ¿dónde queda el lado untado de mantequilla: arriba o abajo?» «Abajo, naturalmente». «No señor; arriba». «Hagamos la prueba». Se untó de mantequilla por un lado una rebanada de pan, se arrojó al aire. . . y cayó con la mantequilla hacia arriba. «¡He ganado!». «Porque he cometido un error». «¿Qué error?». «Evidentemente, he untado el lado equivocado».

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«Una creencia religiosa», dijo el Maestro, «no es una afirmación de la Realidad, sino un indicio, una pista de algo que es un Misterio y que queda fuera del alcance del pensamiento humano. En suma, una creencia religiosa no es más que un dedo apuntando a la luna. Algunas personas religiosas nunca van más allá del estudio del dedo. Otras se dedican a chuparlo. Y otras usan el dedo para sacarse los ojos. Éstos son los fanáticos a quienes la religión ha dejado ciegos. En realidad, son poquísimas las personas religiosas lo bastante objetivas como para ver lo que el dedo está señalando. Y a estas personas, que han superado la creencia, se las considera blasfemas».

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Alarmado por la tendencia del Maestro a desacreditar toda afirmación de creencia en Dios, un discípulo exclamó: «¡Me he quedado sin nada a lo que aferrarme!». «Eso es lo que dice la cría cuando se ve forzada a dejar el nido», dijo el Maestro. Y más tarde diría: «¿Imagináis que voláis cuando os mantenéis cómodamente instalados en el nido de vuestras creencias? Eso no es volar. ¡Eso es batir las alas!».

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Preguntó el predicador santurrón: «¿Cuál es, a tu juicio, el mayor pecado del mundo?». «El de quien ve a los demás seres humanos como pecadores», respondió el Maestro.

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El Maestro sostenía que lo que todo el mundo tiene por verdadero es falso; por eso el «pionero» se encuentra siempre en absoluta minoría. Y decía: «Pensáis en la Verdad como si fuera una fórmula que podéis sacar de un libro. Pero la Verdad exige pagar el precio de la soledad. Si quieres seguir a la Verdad, has de aprender a caminar solo».

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«Estoy dispuesto a ir adonde sea en busca de la Verdad», dijo el fervoroso discípulo. El Maestro esbozó una pícara sonrisa. «¿Y cuándo vas a partir?», preguntó. «En cuanto me digas adonde debo ir». «Te sugiero que vayas en la dirección en la que apunta tu nariz». «Sí, pero ¿dónde debo detenerme?». «Donde tú quieras». «¿Y estará allí la Verdad?». «Sí. Justamente delante de tu nariz, mirando fijamente a esos ojos tuyos que son incapaces de ver».

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Un visitante trataba de explicar al Maestro cómo era su religión: «Nosotros creemos que somos el pueblo elegido de Dios». « ¿Y qué significa eso?», preguntó el Maestro. «Que Dios nos ha escogido entre todos los pueblos de la Tierra». «Creo poder adivinar», dijo el Maestro con su peculiar humor, «cuál fue, de entre todos los pueblos de la Tierra, el que hizo tal descubrimiento».


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